Significado de Conciliar Familia y Trabajo Definición, Importancia, Ejemplos, y Retos para la Mujer

Definición formal

Conciliar es la acción de forjar un puente de encuentro en pos de estabilidad y armonía, en este caso aplicado entre las figuras de la familia y el trabajo, a partir del tiempo y la responsabilidad que representan para los involucrados, como dos ejes en disputa, y de acuerdo a la dinámica de las circunstancias. Del latín conciliāre, remite a llegar a un de acuerdo, asociado a concilium, por convocación.

La familia es el seno fundamental del desarrollo de la vida humana, entendida como la institución social primaria por excelencia. Cada una puede tener formatos diferentes (monoparental, multiespecie, por dar algunos ejemplos) y lo que dentro de ella acontece es lo que podemos considerar como la vida familiar. La vida laboral, por otro lado, involucra todo aquello que una persona (que probablemente esté incluida en algún formato de familia) realiza como actividad económica principal -en cualquiera de sus formas, en relación de dependencia o independiente- que constituye su medio de vida.

Pensando la vida laboral como sustento material de la vida familiar, se observa que la relación que existe entre ambas condiciona la calidad de vida de las personas que estén atravesados por ella. Del entrecruzamiento de esta relación surge el concepto de conciliación como sinónimo de equilibrio entre ambas, una armonía, un ensamble saludable. Pero, como se aprecia en este análisis, esto no es sencillo ni mucho menos homogéneo para todos.

Importancia e influencia de las condiciones, los afectos y las conductas

Los seres humanos podemos experimentar distintos afectos psicológicos, como por ejemplo estrés o gratitud, estos no son fenómenos producidos por el cerebro, privados, internos exclusivamente -si bien, todo se retroalimenta- si no que, al vivir en sociedades y en relación con otros, todo lo que nos sucede a nivel conductual (y dentro de ello, incluyamos lo observable -como una conducta física- y lo no observable -como un pensamiento o emoción-) está condicionado por el entorno en el que nos desenvolvemos. Es decir, las conductas son producto de la interacción entre nosotros, como organismo, y el mundo en el que nos desarrollamos, también llamado contexto.

En este sentido, la vida familiar, que incluye el cuidado emocional y sostén material de cada uno de los miembros que componen la familia y la vida laboral, constituyen entornos en sí mismos y que ocupan, prácticamente, casi todas las horas de nuestro día. Por lo tanto, es imposible que nos sean indiferentes, que lo que nos suceda no esté influido por ambos y en continua interacción.

Pensemos en contextos diversos ¿Es igual la organización en un hogar con una estructura de familia tradicional de dos adultos e hijos en edad escolar en el que se dividen responsabilidades; que un hogar monoparental, cuyo jefe/a de familia se hace cargo de todo en forma exclusiva?.

Y, si a contextos laborales nos remitimos, ¿es lo mismo para la vida personal y familiar de una persona trabajar en relación de dependencia, con horario y sueldo fijo con aportes jubilatorios y posibilidades de usar licencias con goce de sueldo; que trabajar en forma independiente -quizás registrado o en forma irregular- cobrando por horas o sujeto a no percibir salario si no hay trabajo efectivo (supongamos, eventual enfermedad); que trabajar en forma profesional independiente, sosteniendo aportes sociales y jubilatorios con los propios ingresos económicos y un volumen de trabajo variable?

Definitivamente no. En cada una de estas circunstancias existen manejos de tiempo laboral personal y familiar, seguridad y garantías laborales, ingreso económico, posibilidad de realizar proyecciones personales y económicas a futuro, muy diferentes entre sí. ¿Existirá, entre ellos, la misma posibilidad de conciliar la vida familiar y laboral? ¿Qué efectos psicológicos y sociales puede producir sobre las personas involucradas?

Beneficios y ejemplos de conciliación

Cuando la demanda de mi actividad laboral tiene características y mecanismos -transitorios o fijos- que son compatibles con la demanda que existe en mi vida familiar actual, podríamos decir que existe una conciliación, un equilibrio saludable, una no-tensión.

Por ejemplo, que como mamá de un bebé recién nacido pueda disponer de un lactario (espacio para amamantar bebés y/o extraer leche) en mi lugar de trabajo o que existan convenios con entidades educativas y de cuidado, dentro o próximas a la ubicación laboral, de niños para las horas posteriores o anteriores al horario escolar.

Otro ejemplo, por fuera del ejercicio de las maternidades y paternidades, la flexibilidad laboral: si las tareas que atañen a un trabajo lo permiten, alternar jornadas presenciales con actividades de teletrabajo, porque esto muchas veces ahorra gastos de traslado y/o facilita la organización de la dinámica familiar por ausencia del hogar, sobre todo cuando existen personales vulnerables dentro de las familias que requieren cuidados especiales.

Cuando existe esta conciliación se disminuye la posibilidad de que el trabajo sea una fuente de estrés, favoreciendo a la salud mental de las personas: estados de ánimo más positivos, mayor motivación para trabajar, percepción positiva de la empresa y/o la profesión, mejor calidad de descanso y alimentación, etc. Estos beneficios, extrapolados a la vida familiar, pueden reflejarse en mejor calidad o mayor tiempo para cultivar vínculos emocionales entre miembros de una familia, una salud mental más preparada para enfrentar desafíos en la crianza de hijos o amortiguar crisis en matrimonios, por solo nombrar algunos ejemplos.

Contradicción entre la vida familiar y laboral

Cuando existe una contradicción entre la vida familiar y laboral hay tensión, grandes esfuerzos para articular y sostener ambas esferas de la vida.

Las manifestaciones psicológicas más frecuentes son estrés físico y emocional, ansiedad y depresión que pueden alterar gravemente la calidad del descanso, la motivación para el hacer, la capacidad para amortiguar otros conflictos fuera del lugar de trabajo -ya que nuestra energía no es infinita- etc. Cualquiera de estos problemas psicológicos puede desencadenarse como consecuencia de recibir cargas de trabajo que exceden a la persona en cuanto a su formación y/o conocimientos, cuando no existen posibilidades de ascenso y/o aprendizaje, las tareas son repetitivas sin espacio para la creatividad -o, incluso, humillantes-, cuando existe inseguridad laboral, etc.

A nivel psicológico pueden generarse fuertes sentimientos de ineficacia, que contribuye al deterioro de vínculos con pares y sus familias, disminuyendo notablemente la calidad de vida de esa persona y la de la vida familiar en la que se desenvuelve.

Retos para la mujer: exigencias sociales y doble jornada

En las últimas décadas los debates sobre género y división de las tareas domésticas han avanzado mucho y aún hoy es una discusión vigente. Desde una generalidad, ya que lo que al respecto de esto se puede decir es muy amplio, se puede afirmar que tradicionalmente hombres y mujeres no asumen en la misma medida las tareas domésticas y de crianza en el hogar.

Durante décadas, los hombres han asumido exclusivamente el rol de proveedor dedicando más horas al espacio público del trabajo, mientras las mujeres se han dedicado al trabajo doméstico y de crianza de los hijos. Actualmente, estos modos de organizar la vida familiar han ido mutando y las mujeres hoy en día también trabajan fuera del hogar, aunque aún en mucho menor medida.

Si bien estos cambios a primera vista pueden parecer positivo, muchas mujeres están inmersas en lo que se conoce como “doble jornada” laboral: trabajando fuera de casa por varias horas y luego, cuando vuelven al hogar, trabajando en las tareas domésticas y de crianza. Esto, considerando lo que hemos explicado en párrafos anteriores, puede acarrear enormes contradicciones para conciliar la vida laboral y familiar, con prejuicios sobre su salud mental y física y con el agregado de deteriorar la calidad de vida de la familia que la alberga.

En este contexto, muchas mujeres emprenden estrategias para hacer conciliaciones forzosas como por ejemplo, abandonar su profesión o empleo (o al menos durante el periodo de maternidad), no buscar trabajo aunque lo deseen, aceptar trabajos de tiempo parcial con el consecuente menor salario, recurrir a otras personas de su familia -recayendo, por lo general, en otras mujeres- o a servicios pagos (si tienen ingresos medios, al menos) para que colaboren en el cuidado de sus hijos, relegar la edad para tener hijos o decidir no tenerlos, etc.

Conciliación que necesita cambios socioculturales y políticas públicas

Inclinar la balanza hacia el encuentro entre familia y trabajo es un objetivo no se puede alcanzar en formar personal o privada, sino que son necesarios cambios culturales y sociales que se acompañen de políticas públicas. Como con cualquier problema complejo, los factores que lo producen y sostienen son múltiples, y la manera de enfrentarlos debe ser colectiva.

Hoy en día, por ejemplo, cada vez son más las empresas que se preocupan por el bienestar de sus empleados y aplican mecanismos para evaluar clima laboral y satisfacción que luego traducen en ofrecer otros beneficios a la par del salario, como ser: membresías a gimnasios, teletrabajo parcial, espacios de recreación dentro de la empresa durante la jornada, pago extra por gastos de traslado, pago extra anual de un porcentaje si la empresa alcanza los objetivos, flexibilidad de horarios para colaborar con la organización familiar del empleado, etc.

Si pensamos en las cuestiones de género, revisar los modelos tradicionales es imperativo junto con educar y concientizar en la co-responsabilidad por las tareas domésticas y la crianza de los hijos, para que exista una repartición equitativa que no perjudique el desarrollo de ninguno de los miembros de una familia.

Desde las políticas públicas, es urgente asignar presupuestos para ofrecer espacios de cuidado de los hijos durante las jornadas laborales de los padres, por ejemplo. Otro ejemplo gráfico de políticas laborales y públicas orientadas a la conciliación, pueden ser las de países como Nueva Zelanda y Japón que establecieron jornadas de trabajo reducidas de Lunes a Jueves con muy buenos resultados en la mejora de la productividad y bienestar del trabajador.

Por último, comprender que todas las personas tienen derecho a trabajar dignamente, a sentir bienestar, a tener tiempo de ocio; sin sufrir perjuicios en su salud física y mental en el intento de sostener la vida laboral pública con la vida familiar privada. Y que es esencial recordar que, al asegurar estas condiciones, también se está garantizando que los miembros de esa familia, por decantación, reciban cuidados y atención de calidad para su adecuado y completo desarrollo.