Definición de Cisterna

1. Depósito impermeabilizado destinado a almacenar agua —habitualmente de lluvia recogida de superficies de captación— construido bajo tierra, semienterrado o sobre el nivel del suelo. Ejemplos: A) 'La cisterna domiciliaria acumula el agua de los techos durante la temporada de lluvias para su uso durante la estación seca'. B) 'Las cisternas de las ciudades antiguas resolvían el abastecimiento en asentamientos que carecían de manantiales próximos'.

2. Depósito de un inodoro que acumula el volumen de agua necesario para la descarga. Ejemplo: 'Las cisternas de doble comando permiten seleccionar entre dos volúmenes de descarga y reducen el consumo doméstico'.

3. Vehículo o embarcación acondicionada con un tanque para el transporte de líquidos o gases a granel. Ejemplos: A) 'Un camión cisterna abastece a las localidades que no cuentan con red de agua potable'. B) 'Los buques cisterna transportan hidrocarburos, gas licuado o productos químicos'.

Etimología: Por el latín cisterna, formado sobre cista, en cuanto 'caja', 'cesto', tomado del griego κίστη (kístē), con el sufijo -erna, presente también en voces como caverna, taberna o lucerna, que aporta el sentido de recinto o lugar destinado a contener algo.

Cisterna

Una cisterna es un recipiente que resuelve un desfase temporal: el agua llega cuando llueve, pero se necesita todo el año. Esa función de amortiguación entre un suministro irregular y una demanda continua explica que la tecnología aparezca de manera independiente en civilizaciones sin contacto entre sí, desde el Mediterráneo oriental hasta la península de Yucatán, y que su presencia sea inversamente proporcional a la disponibilidad de fuentes permanentes. Las regiones áridas y las islas kársticas desarrollaron los sistemas más sofisticados porque no tenían alternativa. La extensión posterior del término hacia los vehículos de transporte, el depósito del inodoro y las cavidades anatómicas conservó ese núcleo semántico de receptáculo cerrado que retiene un líquido.

Tipología y componentes de un sistema de captación

Conviene distinguir la cisterna de dispositivos con los que suele confundirse. El pozo accede a agua subterránea preexistente mediante excavación hasta el nivel freático; la cisterna, en cambio, almacena agua que se aporta desde la superficie y depende de un recinto impermeable. El aljibe designa en el ámbito hispánico una variedad específica de cisterna, generalmente abovedada y de tradición andalusí, alimentada por escorrentía de patios y azoteas. El tanque elevado cumple una función distinta: no almacena para superar la estacionalidad sino que provee presión al sistema de distribución.

Un sistema de captación de lluvia completo comprende cinco elementos. La superficie de captación —techos, patios, laderas acondicionadas— determina el volumen recolectado en función de su área y del material que la recubre. El sistema de conducción reúne canaletas, bajadas y conductos que dirigen el agua hacia el depósito. El dispositivo de primer lavado desvía el caudal inicial de cada evento de lluvia, que arrastra el polvo, las deyecciones de aves y los detritos acumulados sobre la superficie de captación; se considera que el descarte de los primeros uno o dos milímetros de precipitación elimina una proporción sustancial de la carga contaminante. El depósito propiamente dicho debe ser estanco, opaco para impedir el desarrollo de algas y cerrado para excluir insectos y animales. El sistema de extracción, finalmente, puede operar por gravedad, mediante bomba o con dispositivos de succión que toman el agua a media altura, evitando tanto los sedimentos del fondo como la película superficial.

El dimensionamiento responde a un cálculo relativamente simple: el volumen aprovechable resulta del producto entre el área de captación, la precipitación anual y un coeficiente de escorrentía que expresa las pérdidas por evaporación, absorción y salpicadura, y que para cubiertas metálicas o de tejas ronda valores de entre ocho y nueve décimos. La capacidad del depósito, sin embargo, no se determina por ese total sino por la duración del período seco que debe cubrirse y por el consumo diario previsto, razón por la cual regiones con precipitación anual equivalente pueden requerir cisternas de tamaños muy distintos según se distribuya a lo largo del año.

Las grandes cisternas de la Antigüedad

La tecnología alcanzó niveles de sofisticación notable en civilizaciones enfrentadas a condiciones hídricas adversas. Los nabateos convirtieron Petra, emplazada en un entorno desértico del sur de la actual Jordania, en un centro caravanero capaz de sostener una población considerable mediante un sistema que combinaba presas de derivación, canales tallados en roca, tuberías cerámicas y alrededor de dos centenares de cisternas y reservorios distribuidos por el territorio, muchos de ellos excavados en la arenisca y sellados con revoques hidráulicos.

El mundo romano perfeccionó los materiales. El empleo de morteros con adición de puzolana —ceniza volcánica que confiere al conglomerado la capacidad de fraguar bajo el agua— y de revestimientos de opus signinum, elaborados con fragmentos cerámicos molidos y cal, permitió construir depósitos de gran volumen con una estanqueidad duradera. La Piscina Mirabilis, edificada en Baco­li, sobre el golfo de Nápoles, para abastecer a la flota imperial estacionada en Miseno, constituye la mayor cisterna romana conocida: una nave subterránea sostenida por cuarenta y ocho pilares con una capacidad estimada en más de doce mil metros cúbicos. Vitruvio dedicó el octavo libro de su tratado De architectura a los problemas del agua, y Frontino, en su informe sobre los acueductos de Roma redactado a finales del siglo I, documentó con precisión administrativa el funcionamiento del sistema.

Constantinopla desarrolló el conjunto más ambicioso, condicionada por la escasez de fuentes dentro de sus murallas y por la necesidad de resistir asedios prolongados. La ciudad contó con más de un centenar de cisternas, entre las cuales la conocida como Basílica, construida en el siglo VI durante el reinado de Justiniano, presenta una superficie próxima a una hectárea, trescientas treinta y seis columnas de mármol dispuestas en doce hileras —muchas de ellas reutilizadas de edificios anteriores— y una capacidad del orden de ochenta mil metros cúbicos.

Fuera del ámbito mediterráneo, la meseta iraní desarrolló los ab anbar, depósitos abovedados frecuentemente asociados a captadores de viento que generaban corrientes de aire descendente, refrigerando el agua almacenada y limitando la proliferación microbiana. En la península de Yucatán, las poblaciones mayas de la región Puuc excavaron los chultunes, cavidades de sección acampanada revestidas con estuco de cal y alimentadas por plataformas de captación circundantes, imprescindibles en un territorio kárstico sin cursos superficiales. En el sur de Italia, la ciudad de Matera construyó bajo su plaza principal el Palombaro Lungo, una cisterna de quince metros de profundidad con capacidad para varios millones de litros, integrada a una red que abastecía a las viviendas excavadas en la roca.

Materiales, técnicas constructivas y patologías

La historia constructiva de las cisternas es en buena medida la historia de la impermeabilización. A los morteros hidráulicos antiguos sucedieron, en la etapa industrial, la mampostería revocada con cemento portland, el hormigón armado y, desde mediados del siglo XX, el ferrocemento: una técnica que emplea capas de mallas metálicas de pequeño diámetro embebidas en mortero, permitiendo obtener recipientes de espesor reducido, elevada resistencia a la fisuración y costo accesible, con herramientas simples y mano de obra capacitable localmente. Esta tecnología resultó decisiva en los programas de abastecimiento rural de las últimas décadas. Los depósitos prefabricados de polietileno de alta densidad y de fibra de vidrio, por su parte, ofrecen instalación rápida y estanqueidad garantizada, aunque requieren protección frente a la radiación ultravioleta y presentan una vida útil menor que la de las estructuras de obra.

Las patologías más frecuentes obedecen a fisuración por asentamientos diferenciales del terreno, a la agresión de sulfatos presentes en suelos determinados, y en las cisternas enterradas al empuje del agua subterránea, que puede llegar a producir la flotación del recipiente cuando se lo vacía en períodos de nivel freático elevado. La ventilación resulta igualmente crítica: los depósitos cerrados pueden acumular gases y agotar el oxígeno, condición que ha causado accidentes fatales durante tareas de limpieza y que exige protocolos específicos de trabajo en espacios confinados.

Calidad del agua y riesgos sanitarios

El agua de lluvia posee inicialmente una calidad favorable —baja mineralización, ausencia de patógenos— pero se contamina en el trayecto. Las superficies de captación aportan material particulado, excrementos de aves y roedores, restos vegetales y, según los materiales empleados, compuestos indeseables: las cubiertas con pinturas antiguas o elementos de plomo en canaletas y soldaduras constituyen una fuente documentada de contaminación por ese metal. La Organización Mundial de la Salud recomienda para estos sistemas la combinación de barreras sucesivas: mantenimiento de la superficie de captación, dispositivo de primer lavado, filtración, protección física del depósito y desinfección previa al consumo.

Un riesgo de particular relevancia epidemiológica en regiones tropicales y subtropicales es la conversión de los depósitos descubiertos en criaderos de mosquitos del género Aedes, vectores del dengue, el zika, el chikunguña y la fiebre amarilla urbana. Estas especies depositan sus huevos preferentemente en recipientes artificiales de agua limpia y estancada, de modo que los programas de almacenamiento domiciliario mal implementados pueden incrementar la incidencia de estas enfermedades. Las medidas de control —tapas herméticas, mallas en las aberturas de ventilación y rebose, inspección periódica— resultan por ello inseparables del diseño mismo del sistema, y su ausencia ha convertido a proyectos de abastecimiento bien intencionados en factores de riesgo sanitario.

La calidad del agua almacenada tiende además a deteriorarse con el tiempo de residencia, por sedimentación de materia orgánica y desarrollo de biopelículas en las paredes, lo que hace recomendable la limpieza periódica del depósito y desaconseja el sobredimensionamiento excesivo, que prolonga innecesariamente la permanencia del agua.

Seguridad hídrica e importancia/h2>

Tras un período en que la expansión de las redes centralizadas relegó la captación domiciliaria a la condición de solución residual, las cisternas han recuperado protagonismo en las políticas de gestión del agua, impulsadas por la presión sobre los acuíferos, la variabilidad climática y el costo de extender infraestructura a poblaciones dispersas.

El programa desarrollado en el semiárido brasileño constituye la experiencia de mayor escala. Iniciado en la primera década del siglo XXI a partir de una propuesta de organizaciones de la sociedad civil y posteriormente incorporado a la política pública, promovió la construcción de cisternas familiares de ferrocemento con capacidad aproximada de dieciséis mil litros, dimensionadas para cubrir el consumo doméstico de una familia durante el período seco, con participación de los beneficiarios en la construcción y capacitación en el manejo del agua. El programa superó el millón de unidades construidas y modificó de manera sustancial las condiciones de acceso al agua en una de las regiones históricamente más afectadas por la sequía en América Latina.

En el ámbito urbano, diversas jurisdicciones han incorporado la captación de lluvia como obligación normativa. Las Bermudas mantienen desde hace siglos un régimen que exige a cada edificación disponer de superficie de captación y depósito propios, sistema que abastece la mayor parte del consumo de agua dulce del territorio y que dio origen a la característica cubierta escalonada de cal blanca de sus construcciones. La ciudad de Chennai, en el sur de la India, estableció a comienzos de la década de 2000 la obligatoriedad de instalar sistemas de captación en todas las edificaciones tras una crisis severa de abastecimiento, medida a la que se atribuye una recuperación significativa de los niveles freáticos locales.

Una función complementaria y creciente es la de mitigación de inundaciones. Los depósitos de retención —desde las cisternas domiciliarias hasta las grandes infraestructuras subterráneas construidas en áreas metropolitanas expuestas a lluvias intensas— reducen el caudal pico que alcanza los sistemas de drenaje, disminuyendo el riesgo de desborde. Esta doble función, que combina el almacenamiento para el consumo con la regulación del escurrimiento, ha llevado a integrar la cisterna dentro de los enfoques de drenaje urbano sostenible, en los que el agua de lluvia deja de concebirse como un residuo a evacuar con rapidez para tratarse como un recurso a retener, aprovechar e infiltrar en el lugar donde precipita.

 
 
 
Autor: Editorial.

Trabajo publicado en: Jul., 2026.
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