Definición de Coloquial

1. Propio del habla espontánea que se produce en situaciones de comunicación informal, marcada por la familiaridad entre los interlocutores, la ausencia de planificación previa y la finalidad interpersonal antes que transaccional. Ejemplos: A) 'Expresiones coloquiales como "ni ahí", "un montón" o "está bárbaro" pertenecen al habla cotidiana y resultan inadecuadas en un escrito académico'. B) 'El registro coloquial admite elipsis, repeticiones y reformulaciones que la lengua escrita formal evita'.

2. Relativo al registro lingüístico caracterizado por un conjunto sistemático de rasgos fónicos, morfosintácticos y léxicos que los hablantes seleccionan conforme a la situación comunicativa. Ejemplo: 'El mismo hablante alterna entre el registro coloquial y el formal según converse con un amigo o exponga ante un tribunal'.

3. Perteneciente o relativo al coloquio, entendido como conversación entre dos o más personas, o como reunión en la que se debate un tema. Ejemplo: 'Las actas del coloquial encuentro entre especialistas fueron publicadas al año siguiente'.

4. Derivación de sentido. Se dice del trato, del tono o del estilo desprovisto de protocolo, que busca la cercanía con el interlocutor. Ejemplo: 'El conferencista adoptó un tono coloquial para acercar el tema a un público no especializado'.

Etimología: Por el latín colloquium, en cuanto 'conversación', 'plática', derivado del verbo colloqui, compuesto por el prefijo con-, respecto de 'junto con', y loqui, por 'hablar'; con el sufijo -al, del latín -ālis, en propiedad de pertenencia o relación. Voces emparentadas: coloquio, locución, elocuencia, locuaz, interlocutor, soliloquio.

Coloquial

Lo coloquial designa la variedad de lengua que los hablantes emplean en la conversación cotidiana, cuando la situación es informal, el vínculo con el interlocutor es de familiaridad y el intercambio se produce sin preparación previa. Se trata del uso lingüístico más frecuente y primario —es la modalidad que todo hablante adquiere primero y la que emplea durante la mayor parte de su vida—, y sin embargo fue durante mucho tiempo el menos estudiado, relegado por una tradición gramatical que tomaba la lengua escrita literaria como modelo de corrección y consideraba las desviaciones respecto de ella como formas degradadas. La lingüística del siglo XX invirtió esa jerarquía y demostró que el habla coloquial posee una sistematicidad propia, gobernada por reglas tan rigurosas como las de la escritura formal, aunque de naturaleza distinta.

El registro coloquial dentro de la variación lingüística

Para situar con precisión lo coloquial es indispensable distinguirlo de otras dimensiones de la variación. Eugenio Coseriu, en sus Lecciones de lingüística general (1981), estableció una tipología que sigue siendo referencia obligada: la variación diatópica corresponde a las diferencias geográficas entre hablas de distintas regiones; la diastrática, a las diferencias asociadas a los estratos socioculturales; y la diafásica, a las diferencias que un mismo hablante introduce según la situación comunicativa en la que se encuentra. Lo coloquial pertenece de lleno a esta tercera dimensión: no es un rasgo del lugar de origen ni del nivel educativo del hablante, sino una elección determinada por el contexto.

Esta precisión tiene consecuencias importantes. Un profesional con formación universitaria emplea el registro coloquial al conversar con su familia y el formal al redactar un informe técnico, sin que ello implique un descenso en su competencia lingüística; por el contrario, la capacidad de alternar entre registros según la situación constituye un indicador de competencia comunicativa sofisticada. Michael Halliday, en Language as Social Semiotic (1978), formalizó esta idea mediante el concepto de registro, definido por tres variables: el campo —la actividad social en la que se inscribe el intercambio—, el tenor —la relación entre los participantes— y el modo —el canal empleado—. El registro coloquial se caracteriza por un campo de temas cotidianos, un tenor de proximidad y simetría entre los hablantes, y un modo predominantemente oral e interactivo.

Antonio Briz, cuyos trabajos al frente del grupo Val.Es.Co de la Universidad de Valencia constituyen la investigación más sistemática sobre el español conversacional, propuso en El español coloquial en la conversación (1998) caracterizar lo coloquial mediante rasgos situacionales primarios —relación de igualdad entre interlocutores, marco de interacción cotidiano, temática no especializada y finalidad interpersonal— junto con rasgos derivados como la ausencia de planificación, el tono informal y la finalidad comunicativa orientada al contacto social antes que a la transmisión de información.

Rasgos característicos del español coloquial

El registro coloquial no consiste en una relajación arbitraria de las reglas sino en la aplicación de estrategias específicas que responden a las condiciones de producción del habla espontánea: falta de tiempo para planificar, presencia física del interlocutor, posibilidad de rectificar sobre la marcha y disponibilidad de recursos no verbales que complementan lo dicho.

En el plano fónico, se registran fenómenos de economía articulatoria: pérdida de consonantes intervocálicas y finales —»cansao» por cansado, «verdá» por verdad—, aféresis y apócopes —»ta bien», «profe», «seño»—, y una entonación con mayor amplitud melódica que cumple funciones expresivas y demarcativas.

En el plano morfosintáctico, Ana María Vigara Tauste documentó en Morfosintaxis del español coloquial (1992) un conjunto de procedimientos recurrentes: la sintaxis parcelada, que fragmenta el enunciado en unidades breves conectadas por yuxtaposición antes que por subordinación compleja; la elipsis de elementos recuperables por el contexto; el orden de palabras marcado, que antepone lo temáticamente relevante; las construcciones suspendidas que quedan sin concluir porque el interlocutor ya ha comprendido; y la abundante presencia de marcadores discursivos —»o sea», «bueno», «digamos», «viste», «che»— que organizan el flujo conversacional, regulan los turnos y señalan la actitud del hablante hacia lo que enuncia.

En el plano léxico-semántico predominan dos operaciones opuestas y complementarias. La intensificación refuerza lo dicho mediante superlativos, prefijos aumentativos, repeticiones y unidades léxicas de fuerte carga expresiva —»un montón», «recontra», «hiperbién»—. La atenuación, en sentido inverso, mitiga aquello que podría resultar amenazante para la imagen del interlocutor o comprometedora para la propia, mediante diminutivos, formas impersonales, verbos modales y expresiones de duda —»quizás sería un poquito mejor», «no sé, digo yo»—. Ambas operaciones responden a lo que la pragmática, siguiendo a Erving Goffman y a los desarrollos posteriores de Penelope Brown y Stephen Levinson, denomina trabajo de imagen: la gestión permanente de la propia identidad social y la del otro que atraviesa toda interacción.

Oralidad y escritura: una distinción que no coincide

Un error frecuente consiste en identificar lo coloquial con lo oral y lo formal con lo escrito. Peter Koch y Wulf Oesterreicher, en Gesprochene Sprache in der Romania (1990), demostraron que se trata de dos ejes independientes que conviene no confundir. El primero es el del medio, que admite solo dos valores discretos: fónico o gráfico. El segundo es el de la concepción, que constituye un continuo entre dos polos: la inmediatez comunicativa —caracterizada por proximidad física, familiaridad, espontaneidad, implicación emocional y dependencia del contexto— y la distancia comunicativa —definida por la ausencia del interlocutor, el carácter público, la planificación y la autonomía respecto del contexto—.

Estos dos ejes se combinan de manera independiente. Una conferencia académica leída en voz alta emplea el medio fónico pero se sitúa en el polo de la distancia; un mensaje enviado a un amigo por una aplicación de mensajería utiliza el medio gráfico pero se ubica claramente en el polo de la inmediatez. Lo coloquial, en consecuencia, no es una propiedad del canal sino de la concepción del discurso, lo que explica que existan textos escritos plenamente coloquiales —cartas familiares, diarios personales, mensajería instantánea— y producciones orales que no lo son en absoluto.

Esta distinción resulta particularmente productiva para el estudio del español, dado que la investigación tradicional había asociado el coloquial exclusivamente al habla conversacional, dejando fuera del análisis un vasto conjunto de prácticas escritas que responden a los mismos principios organizativos.

Coloquial, vulgar y jergal: precisiones necesarias

El registro coloquial suele confundirse con fenómenos que le son ajenos, confusión que arrastra juicios de valor injustificados. Lo vulgar designa usos que se apartan de la norma culta y que la comunidad percibe como marcas de escasa instrucción —»haiga», «dijistes», «nadien»—; pertenece por tanto a la variación diastrática y no a la diafásica. Un hablante puede emplear un registro plenamente coloquial sin incurrir en ningún vulgarismo, del mismo modo que los vulgarismos pueden aparecer en intentos fallidos de expresión formal, fenómeno conocido como ultracorrección.

La jerga o argot, por su parte, constituye un léxico específico de un grupo social, profesional o etario, cuya función principal es marcar la pertenencia al grupo y, en ocasiones, restringir la comprensión a quienes forman parte de él. El lunfardo rioplatense, el caló, las jergas juveniles o los tecnicismos de un oficio se incorporan con frecuencia al habla coloquial, pero no se identifican con ella: son repertorios léxicos, no registros.

William Labov, en Sociolinguistic Patterns (1972), aportó el fundamento empírico que desactivó definitivamente la consideración del habla informal como forma deficiente. Sus investigaciones sobre las variedades vernáculas urbanas demostraron que estas poseen una estructura gramatical plenamente sistemática y una capacidad expresiva equivalente a la de las variedades prestigiosas, y que las valoraciones negativas que reciben no responden a criterios lingüísticos sino a la posición social de sus hablantes. Lo coloquial no es, en consecuencia, una versión descuidada de la lengua: es la lengua funcionando en el ámbito para el cual está primariamente diseñada.

El coloquial escrito en el entorno digital

La expansión de la comunicación mediada por dispositivos ha generado el desarrollo más significativo del registro coloquial desde que existe la escritura de masas. David Crystal, en Language and the Internet (2001) y en trabajos posteriores, documentó la emergencia de prácticas escritas que reproducen sistemáticamente las condiciones de la inmediatez comunicativa: brevedad, secuencialidad por turnos, dependencia del contexto compartido y presencia de recursos que suplen la ausencia de información paralingüística.

Entre estos recursos figuran la reduplicación de grafemas para indicar énfasis o alargamiento vocálico, el uso de mayúsculas como marca de intensidad, los signos de puntuación empleados con valor expresivo antes que sintáctico, las abreviaciones convencionalizadas y, de manera central, los emoticonos y emojis, que cumplen funciones equiparables a las de la entonación, la gestualidad y la expresión facial en la conversación presencial. Investigaciones posteriores han mostrado que estos elementos no operan como simples adornos sino que desempeñan funciones pragmáticas precisas: atenúan la fuerza de una petición, señalan que un enunciado debe interpretarse en clave humorística o marcan el cierre de un intercambio.

La consecuencia de mayor alcance es que la escritura ha dejado de ser el dominio exclusivo de la distancia comunicativa. Millones de personas producen diariamente cantidades ingentes de texto en registro coloquial, invirtiendo una relación histórica en la que el acceso a la escritura estaba asociado a contextos formales, planificados e institucionales. Las periódicas alarmas sobre un supuesto deterioro de la lengua provocado por estas prácticas carecen de sustento en la evidencia disponible: los estudios que han medido la correlación entre el uso de escritura digital informal y el desempeño en escritura formal no encuentran el efecto degradante que se les atribuye, y sugieren en cambio que la exposición temprana a la alternancia entre registros puede favorecer la conciencia metalingüística de los hablantes.

 
 
 
Autor: Editorial.

Art. actualizado: Julio 2026; sobre el original de agosto, 2009.
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