Definición de Romanticismo

1. Movimiento artístico, literario, filosófico y cultural surgido en Europa a finales del siglo XVIII y desarrollado plenamente durante la primera mitad del siglo XIX, que priorizó la expresión de la subjetividad, la emoción, la imaginación y la libertad individual frente a las normas racionalistas y clasicistas de la Ilustración. Ejemplo: 'El Romanticismo alemán elevó la figura del genio creador por encima de toda convención estética'.

2. Sensibilidad estética que valora lo sublime, lo misterioso, lo irracional, lo melancólico y lo trágico como dimensiones legítimas de la experiencia humana, en contraposición al predominio de la razón ordenadora. Ejemplo: 'La pintura romántica encontró en las tormentas, las ruinas y los paisajes nocturnos sus motivos predilectos'.

3. Corriente filosófica que reivindicó la naturaleza como totalidad orgánica, la historia como proceso singular e irrepetible, y la nación como expresión de un espíritu colectivo, sentando bases conceptuales que influyeron en el nacionalismo, el historicismo y el existencialismo posteriores. Ejemplo: 'El romanticismo filosófico de Schelling concebía la naturaleza no como un mecanismo sino como un organismo en perpetuo despliegue'.

4. Derivación de sentido. Actitud o comportamiento que idealiza las emociones, las relaciones afectivas o las circunstancias, frecuentemente en contraste con una visión pragmática de la realidad. Ejemplo: 'Su romanticismo lo llevaba a ver heroísmo donde otros solo veían imprudencia'.

Etimología: Del adjetivo romántico, por el francés romantique, sobre el inglés romantic, formado en base a romance, que en el inglés medieval designaba tanto una narración en lengua vernácula —en oposición al latín— como un relato de aventuras caballerescas, amores extraordinarios y hechos maravillosos. El término romance procede del francés antiguo romanz, del latín vulgar *rōmānice, adverbio que significaba 'en lengua romana', es decir, en la lengua del pueblo, no en la lengua culta. Cuando los hermanos August Wilhelm y Friedrich Schlegel adoptaron el término romantisch en la revista Athenäum (1798-1800) para designar la nueva sensibilidad artística, estaban reivindicando precisamente aquello que la tradición ilustrada había subordinado: la fantasía, el fragmento, la ironía y la aspiración a lo infinito.

Romanticismo

El Romanticismo no fue un programa estético unificado sino una constelación de respuestas —diversas, contradictorias y frecuentemente en conflicto entre sí— a la crisis que la Ilustración, la Revolución Francesa y la industrialización provocaron en la experiencia europea del mundo. Conviene, antes de abordarlo, distinguirlo de conceptos con los que suele confundirse. El clasicismo, su antagonista más directo, propone normas universales de belleza fundadas en la tradición grecolatina, la proporción y la mesura; el Romanticismo rechaza esas normas en nombre de la singularidad expresiva del artista. El sentimentalismo, que lo precedió en la literatura del siglo XVIII, cultiva la emoción como valor pero lo hace dentro de marcos morales convencionales; el Romanticismo radicaliza la emoción hasta convertirla en forma de conocimiento. El idealismo filosófico alemán —Fichte, Schelling, Hegel— compartió con el Romanticismo coordenadas temporales y geográficas, pero mientras el idealismo aspiraba a un sistema racional totalizante, el Romanticismo desconfiaba de todo sistema cerrado y privilegiaba el fragmento, la apertura y la ironía.

Lo sublime como categoría fundacional

Si existe una categoría estética que condensa el espíritu del Romanticismo, es lo sublime. Edmund Burke, en A Philosophical Enquiry into the Origin of Our Ideas of the Sublime and Beautiful (1757), había distinguido lo bello —aquello que produce placer por su proporción, su suavidad y su armonía— de lo sublime —aquello que provoca un estremecimiento cercano al terror ante la inmensidad, la oscuridad, el poder o la infinitud—. Mientras lo bello atrae y complace, lo sublime sobrecoge y desborda las facultades del sujeto. Immanuel Kant retomó esta distinción en la Kritik der Urteilskraft (1790), donde describió lo sublime como la experiencia de una inadecuación entre la imaginación —incapaz de aprehender totalidades infinitas— y la razón —que sí puede pensarlas—, generando un sentimiento mixto de impotencia sensible y elevación racional.

Los artistas románticos tomaron esta categoría y la convirtieron en programa. Caspar David Friedrich pintó figuras humanas empequeñecidas ante paisajes inmensos —el célebre Wanderer über dem Nebelmeer (c. 1818) condensa esa visión en una sola imagen—. J. M. W. Turner disolvió las formas del paisaje en tormentas de luz y color que anticiparon la abstracción. En la música, la expansión de la forma sinfónica por Beethoven —cuya Tercera Sinfonía, la Eroica (1803), rompió con las proporciones clásicas para dar cabida a una expresión que desbordaba los marcos heredados— inauguró un camino que Berlioz, Wagner y Mahler llevarían hasta sus consecuencias extremas. Lo sublime, en manos de los románticos, dejó de ser una categoría filosófica para convertirse en una experiencia estética buscada deliberadamente: el arte debía provocar en el espectador la sensación de estar frente a algo que excedía su capacidad de comprensión.

El Sturm und Drang y el romanticismo alemán

El Romanticismo encontró en Alemania su formulación más temprana y filosóficamente más densa. Su antecedente inmediato fue el movimiento Sturm und Drang (‘Tormenta e Ímpetu’), activo entre las décadas de 1760 y 1780, que reivindicó la pasión, la espontaneidad y el genio individual contra las reglas del clasicismo francés. El joven Goethe, con Die Leiden des jungen Werthers (1774), produjo una novela epistolar que desató una ola de identificación emocional sin precedentes en la historia de la literatura europea: el sufrimiento del protagonista, incapaz de conciliar su sensibilidad con las convenciones sociales, se convirtió en el emblema de una generación que experimentaba la sociedad como una prisión para el espíritu. Friedrich Schiller, en sus Briefe über die ästhetische Erziehung des Menschen (1795), propuso que el arte era el único medio capaz de reconciliar las dimensiones sensible y racional del ser humano, escindidas por la modernidad.

El Romanticismo propiamente dicho cristalizó en Jena hacia 1798, cuando los hermanos Schlegel, junto a Novalis, Ludwig Tieck y Friedrich Schleiermacher, fundaron la revista Athenäum y formularon los principios de la romantische Poesie: una poesía universal y progresiva, capaz de mezclar géneros, fundir filosofía y arte, y aspirar permanentemente a un absoluto que nunca alcanza. Friedrich Schlegel, en el célebre Fragmento 116 del Athenäum, definió la poesía romántica como aquella que está siempre en devenir, que nunca puede ser completada, y cuyo principio es la libertad. Isaiah Berlin, en The Roots of Romanticism (Princeton University Press, 1999, basado en conferencias de 1965), identificó en esta actitud el rasgo más revolucionario del movimiento: la idea de que no existe un orden objetivo de valores al que el ser humano deba someterse, sino que los valores son creados por la voluntad y la imaginación, una tesis que, según Berlin, constituye una ruptura tan profunda con la tradición occidental como la revolución científica del siglo XVII.

Romanticismo, naturaleza y nación

La relación del Romanticismo con la naturaleza marcó una inflexión radical respecto de la Ilustración. Donde el pensamiento ilustrado veía en la naturaleza un mecanismo regido por leyes matemáticas —la Philosophiae Naturalis Principia Mathematica de Newton como modelo—, el Romanticismo la concibió como un organismo vivo, dotado de una fuerza creadora inagotable con la que el ser humano debía reconectarse. Friedrich Schelling desarrolló esta idea en su Naturphilosophie, proponiendo que la naturaleza y el espíritu no eran sustancias opuestas sino manifestaciones de un mismo principio absoluto. Los poetas lakistas ingleses —William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge— hicieron de la naturaleza no un decorado sino un interlocutor: en las Lyrical Ballads (1798), Wordsworth describió la poesía como el desborde espontáneo de sentimientos intensos, y al paisaje rural como el espacio donde la percepción humana alcanzaba su mayor autenticidad, lejos de la artificialidad urbana.

Esta veneración de lo particular —el paisaje concreto, la lengua vernácula, las tradiciones locales— conectó al Romanticismo con el nacionalismo emergente del siglo XIX de maneras que resultaron tanto fértiles como peligrosas. Johann Gottfried Herder, en Ideen zur Philosophie der Geschichte der Menschheit (1784-1791), había propuesto que cada pueblo (Volk) poseía un espíritu colectivo (Volksgeist) expresado en su lengua, su poesía y sus costumbres, una idea que alimentó los movimientos de independencia en Europa y América Latina pero que también proporcionó, en lecturas posteriores, el sustrato ideológico para formas agresivas de nacionalismo étnico. Los hermanos Grimm recopilaron cuentos populares alemanes no como curiosidad folclórica sino como expresión del alma nacional, y esta operación —convertir la tradición oral en patrimonio identitario— se replicó en toda Europa, desde el Kalevala finlandés de Elias Lönnrot (1835) hasta las compilaciones de romances y coplas en España e Hispanoamérica.

El Romanticismo en América Latina

En América Latina, el Romanticismo llegó estrechamente ligado a los procesos de independencia y de construcción de identidades nacionales. La generación argentina de 1837 —Esteban Echeverría, Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi— adoptó el ideario romántico como herramienta para pensar la nación en formación, y el Facundo de Sarmiento (1845), con su dicotomía entre civilización y barbarie, constituye una de las obras más representativas del romanticismo político latinoamericano, donde la descripción del paisaje pampeano y de los tipos sociales del interior funciona simultáneamente como literatura, sociología y programa de gobierno. En Brasil, José de Alencar, con O Guarani (1857) e Iracema (1865), construyó una mitología nacional fundada en la idealización del indígena y de la naturaleza tropical, en un gesto análogo al de los romanticismos europeos pero con una materia prima cultural radicalmente distinta. Doris Sommer, en Foundational Fictions: The National Romances of Latin America (University of California Press, 1991), analizó cómo las novelas románticas latinoamericanas del siglo XIX funcionaron como alegorías nacionales donde la trama amorosa encarnaba el proyecto político de integración de territorios, etnias y clases sociales en una comunidad nacional imaginada.

Legado y persistencia: lo romántico después del Romanticismo

El Romanticismo como movimiento histórico se diluyó hacia mediados del siglo XIX, desplazado por el realismo, el naturalismo y el positivismo. No obstante, su legado permea la cultura contemporánea con una profundidad que rara vez se percibe. La noción de que el artista es un ser excepcional cuya visión personal justifica la transgresión de las normas; la convicción de que la autenticidad emocional constituye un valor superior a la corrección formal; la idea de que la naturaleza posee un valor intrínseco que la civilización amenaza; la exaltación del amor pasional como experiencia cumbre de la existencia; la fascinación por lo oscuro, lo gótico y lo misterioso —todas estas premisas, tan naturalizadas que ya no se perciben como históricas, son herencia directa del Romanticismo—. M. H. Abrams, en The Mirror and the Lamp: Romantic Theory and the Critical Tradition (Oxford University Press, 1953), describió la transformación operada por el Romanticismo como el paso de una concepción del arte como espejo que refleja la realidad exterior a una concepción del arte como lámpara que proyecta la luz interior del creador sobre el mundo, una metáfora que sigue siendo operativa para comprender gran parte de la producción cultural contemporánea, desde la canción de autor hasta el cine independiente, desde la poesía confesional hasta la cultura del emprendedor como héroe solitario que desafía al sistema.

Charles Taylor, en Sources of the Self: The Making of the Modern Identity (Harvard University Press, 1989), argumentó que el Romanticismo no fue un episodio estético pasajero sino una de las fuentes constitutivas de la identidad moderna occidental: la idea de que cada individuo posee una interioridad única que debe ser explorada y expresada, y que la fidelidad a esa interioridad es un imperativo moral, resulta incomprensible sin la revolución que el Romanticismo operó en la concepción del sujeto. Cuando alguien dice que necesita encontrarse a sí mismo, está hablando, aunque no lo sepa, en un lenguaje que los románticos inventaron.

 
 
 
Autor: Editorial.

Art. actualizado: Marzo 2026; sobre el original de diciembre, 2009.
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