Crisis de 1640 - Definición, Concepto y Qué es

Alsina Gonzàlez
Periodista esp. e investigador

En 1640, el español era un imperio en el que no se ponía nunca el sol, con posesiones abarcando los cinco continentes, con lo que el dicho se materializaba en una realidad palpable: en un momento u otro, era de día en alguna posesión española.

¿Cómo pudo llegar a existir semejante imperio? Gracias a las conquistas españolas y a la incorporación de Portugal y sus territorios ultramarinos a la corona hispana en 1580. No obstante, y como todo imperio anterior y posterior, el español también era un gigante con los pies de barro susceptible de sufrir una conmoción, y esta llegó en 1640.

La crisis de 1640 se concreta, para el Imperio Español, en las rebeliones independentistas en Portugal y Cataluña, exitosa la primera aunque no la segunda, con los problemas internos y la pérdida de territorios que ello acarreó.

Para entender la situación, es necesario comprender que en la época, el Imperio Español no consistía en una serie de territorios aunados bajo una misma cultura, idioma, y leyes, sino que se componía de varios reinos que compartían un monarca común, pero que disponían de sus propias leyes, ejércitos, gobiernos e, incluso, había aduanas entre ellos.

Pese a que las diferencias entre reinos eran palpables, y que en el seno del Imperio se habían generado una serie de rivalidades entre estos, mayormente con Castilla (de lejos el más importante e influyente), podemos achacar el estallido de la crisis a tres factores: la crisis económica castellana, la presión militar externa, y el intento unificador del Imperio.

La primera se venía arrastrando desde antes de 1630, hasta el punto que en puntos de Reino de Castilla se había llegado a sustituir el uso de la moneda por el trueque de bienes y servicios. Los constantes problemas de tesorería, agravados por las campañas bélicas internacionales, llevaron a una necesidad de mantener un flujo constante de ingresos, que se quiso hacer a costa de los demás reinos que formaban parte del Imperio.

Por lo que respecta a la presión militar, Inglaterra (que no estaba todavía unida con Escocia), Francia, y las Provincias Unidas (actuales Países Bajos), como los principales rivales que la hostigaban en la arena bélica internacional.

Finalmente, el proyecto llamado Unión de armas, ideado por el Conde-Duque de Olivares, valido de Felipe IV, consistía en la creación de un ejército conjunto con aportaciones económicas y en levas de soldados para todos los reinos integrantes en el Imperio.

Esto chocaba frontalmente con la legalidad vigente en algunos de los territorios. Por ejemplo en Cataluña, donde por ley sus ciudadanos no podían participar en conflictos fuera de sus fronteras, y solamente para la defensa del país.

Pero es que la Unión de armas escondía un fin todavía más perturbador para los reinos que no eran Castilla…

La intención del Conde-Duque de Olivares era uniformizar el Imperio, haciendo desaparecer el marco legal de los distintos reinos que lo componían para adoptar una sola ley: la de Castilla, más favorable a los intereses reales.

En Castilla, al igual que en Francia, el rey disponía de un poder prácticamente ilimitado, cosa que, por ejemplo en Cataluña, era impensable, ya que otros territorios tenían sus cortes y limitaban las prerrogativas reales e, incluso, el dinero que éste podía disponer de las arcas públicas.

Precisamente es en Cataluña donde mayor oposición encuentra Olivares, agravada por la guerra con Francia que salpica al territorio.

Los catalanes se ven obligados a alojar las tropas castellanas en 1637, compuestas por mercenarios de múltiples nacionalidades, y se enfrentan a los excesos de estos soldados (como en cualquier otro ejército en cualquier otra parte). Ello crispará aún más los ánimos de la población y los dirigentes del país.

Ante las negativas a alojar soldados tanto por parte de particulares como de pueblos enteros, las autoridades imperiales imponen condiciones más duras y castigos, que llegan al saqueo de pueblos enteros.

El 7 de junio de 1640, fiesta de Corpus (y que pasará a la historia como el Corpus de sangre en Cataluña), estalla la rebelión a gran escala, ocupando los rebeldes Barcelona y asesinando al virrey de Cataluña.

Sabedores de que solos no pueden ganar la guerra, los gobernantes catalanes se alían con los enemigos de la monarquía hispánica: los franceses.

Felipe IV lanzó, entonces, todas las tropas que pudo sobre Cataluña; mantener la región era vital en su enfrentamiento contra Francia.

Con una menor presión militar castellana sobre su territorio, llegaba el turno de los portugueses de rebelarse, cosa que hicieron el 1 de diciembre de 1640.

Felipe IV había sido tomado de la peor forma: por dos frentes a la vez. Incapaz de atender a ambos, el monarca decidía continuar con su campaña en Cataluña y, una vez finalizada esta, volver sobre Portugal, con el riesgo que ello conllevaba. No obstante, dividir sus tropas conllevaba un riesgo todavía mayor: perder ambos territorios.

Los portugueses aclaman al Duque de Bragança como nuevo rey bajo el nombre de João IV. Gracias a que las tropas castellanas están enfrascadas en operaciones en Cataluña, Portugal tiene tiempo de preparar tropas y fortificaciones para resistir el previsible ataque castellano.

Aunque estos serán los principales problemas de la corona, no serán los únicos: en 1641 se desarticula en Andalucía la conspiración del Duque de Medina Sidonia (Gaspar Alonso Pérez de Guzmán el Bueno).

Este pretendía rebelar Andalucía y convertirla en un estado independiente, regido por él, naturalmente. Debido al escaso apoyo interior del proyecto, fracasó, y los implicados fueron encarcelados (como el mismo Duque) o ajusticiados.

Similares casos se dieron en Aragón y Navarra, y más adelante en Nápoles y Sicilia.

Mientras, en Cataluña, las fuerzas francesas empiezan a cometer los mismos desmanes que las castellanas unos años antes. El Principado se convierte en campo de batalla entre Francia y la monarquía hispana, y quien lo pasa peor es la población civil catalana.

En 1644, Felipe IV recupera Lérida y jura las constituciones catalanas, garantizando obediencia y respeto a las prerrogativas catalanas. No obstante, el territorio acabará siendo troceado en 1659 entre Francia y España con el Tratado de los Pirineos, otro abuso puesto que el rey español (ni en su condición de Conde de Barcelona) no podía disponer de territorios catalanes a su libre disposición.

Al otro lado de la península, la guerra contra Portugal se alargaría hasta 1668, casi tres décadas. Felipe IV no pudo asestar un golpe definitivo a Portugal debido a que no fue capaz de reunir suficientes tropas, que mantenía entretenidas en otros teatros de operaciones europeos.

La crisis de 1640 es el ejemplo perfecto de que “quien mucho abarca, poco aprieta”.

España perdió Portugal para siempre, y Cataluña temporalmente, además de perder, con el primero, sus territorios ultramarinos. Ello no le libraría de acabar perdiendo, con el tiempo, sus posesiones europeas.

Fotos: Fotolia – KarSol / Josemad

 
 
 
Por: Alsina Gonzàlez. Estudios en ingeniería informática en la Universitat de Girona, experiencia en numerosos medios tradicionales y digitales de tecnología, e investigador en temas de historia sobre el eje de la Segunda Guerra Mundial.

Trabajo publicado en: Ago., 2018.
Datos para citar en modelo APA: Gonzàlez, G. A. (agosto, 2018). Definición de Crisis de 1640. Significado.com. Desde https://significado.com/crisis-1640/
 

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