Significado de Persona Tóxica

¿Qué es una persona tóxica?

Es alguien que produce efectos negativos profundos en el otro, a partir de una determinada relación o contacto social, y que puede resultar imperceptible o difícil de reconocer dependiendo del nivel de confianza desarrollada.

Características de las personas tóxicas

Las personas tóxicas se mueven en todos los ámbitos, pueden ser, por ejemplo, amigos, familiares, compañeros de trabajo, vecinos o contactos virtuales. Y pueden aparecer en diferentes momentos y/o espacios cotidianos. Debido a ello, no es factible evitarlas o huir de ellas; es un esfuerzo con pocas miras a la eficacia.

Hay que aprender a lidiar con estas personas dañinas, a establecer dinámicas interpersonales que no nos dejen sujetos a estas lógicas insanas, que las personas tóxicas acostumbran a elaborar. Deben establecerse límites claros ante estas personas destructivas.

El truco está en identificar, distinguir, a las personas “venenosas” y actuar en consecuencia, resguardándonos del malestar que acarrean. Además, es significativo que tengamos una autoestima bien consolidada y saludable, para impedir que otros arremetan contra nuestro amor propio. Si nos apreciamos, es más difícil que permitamos que otros nos desvaloricen.

La persona posesiva

Un tipo de persona tóxica es aquella que pone al otro en lugar de objeto -en vez de sujeto- y así pretende poder decidir en su nombre y sobre su voluntad, incluso incidir en sus pensamientos, creencias, valores.

Claro está que la persona posesiva puede, o no, ser consciente de este modo de vinculación. Las más de las veces es un modo de relacionarse arraigado, que requiere que la persona se deconstruya, por medio de un análisis terapéutico.

Si el otro es un objeto, yo decido por él -o ella- en base a lo que creo que es mejor. Tal vez mi intención sea buena, quiera beneficiar al otro, pero de todas maneras falta la empatía, el ponerse en el lugar del otro y comprenderlo en su singularidad y diferencia.

En la pareja, por ejemplo, la persona posesiva puede intentar prohibir que su partenaire asista a determinados lugares o acompañado de determinadas personas, solicitarle que vuelva a determinado horario, que no utilice cierta vestimenta, etcétera.

Ante la persona posesiva deben ponerse limites, marcando que somos sujetos y no propiedades. Por el sólo hecho de ser personas, somos dignos de respeto y exclusivamente nosotros estamos autorizados a decidir sobre nuestra existencia y modos de transitarla.

La persona devaluadora

Los devaluadores son habilidosos en detectar los defectos ajenos -o lo que ellos consideran de tal forma- y señalarlos, a veces explícitamente, otras de modo sutil o indirecto. Así se pone al otro en un lugar inferior, de desecho, de resto.

La persona devaluadora es sumamente hostil hacia nuestra autoestima, pues hiere nuestro amor propio.

El devaluador puede ser, por ejemplo, una persona muy insegura, que necesita descalificar al otro para fortalecer su propia imagen. También puede suceder que sea una estrategia de dominación o domesticación del otro, en función de empobrecerlo para luego ponerlo al servicio de sus propios intereses.

Frente a los devaluadores es fundamental poner un freno. Todos tenemos defectos, pero eso no habilita a que nos desvaloricen. Si expresamos nuestro disgusto y la devaluación persiste, es conveniente tomar distancia de estas personas tóxicas, ya sea física o psicológicamente, en cuanto a no involucrarnos.

La persona asfixiante

Esta clase de sujetos hacen de sí mismos un todo y buscan que así los consideremos. Lo demandan, lo exigen. Son las personas, por ejemplo, que nos llenan el celular de mensajes, que planean su agenda en torno a nosotros, que se vuelven ansiosas si no les respondemos a la milésima de segundo, que quieren abarcarnos, acapararnos, de modo exagerado.

Aquí la cuestión es señalarle a la persona que necesitamos de cierto espacio, físico, psicológico o temporal. Pero si la dinámica asfixiante persiste, el silencio es la herramienta clave. A veces no responder un mensaje, es la mejor contestación. No se trata de una batalla, sino de no quedar atrapado en la misma lógica de la que buscamos defendernos.

La persona violenta

La violencia física puede ser ejercida por una persona impulsiva o por un individuo que se halla bajo el efecto de un consumo problemático. Asimismo, puede ser llevada a cabo por sujetos que repiten historias de violencia o que consideran el daño físico como algo legítimo.

Si bien las causas y modos de manifestarse son múltiples, todas ellas dejan al destinatario en posición de víctima, anulan sus derechos, lo dejan vulnerable.

Muchas veces quienes reciben violencia física suelen buscar una justificación, por no querer enfrentarse con la situación en la que se encuentran o creer que son merecedores de ella -debido a que son portadores de un gran sentimiento de culpa-.

Lo primero que debemos hacer ante estas personas tóxicas es poner límites verbales y si estos no son respetados, límites de tipo judicial. Debemos ser muy claros al comunicarle al agresor que no tiene derecho de ejercer violencia física, que no es algo que permitamos, que validemos.

Por otro lado, también existe el maltrato verbal que, sin dejar marcas en el cuerpo, puede lastimarnos profundamente. Las palabras son armas que pueden fortalecernos o destrozarnos, si así lo permitimos. Y asociado a este maltrato podemos relacionar el maltrato psicológico, menos escandaloso y más desapercibido culturalmente, pero no por ello con menos impacto sobre nuestra felicidad y salud.

La persona paranoica

Estas personas siempre están en alerta, buscando claves que confirmen sus hipótesis. El mundo es para ellas un lugar inseguro y hostil, del cual deben defenderse. Si creen que, por ejemplo, hemos hablado mal de ellos a sus espaldas, no pararán hasta encontrar algún elemento que pueda confirmar remotamente esta idea.

El paranoico puede malinterpretar nuestras palabras o acciones, creer que buscamos su malestar y en ese mismo intento por resguardarse, puede hacernos daño. Nos posiciona como su enemigo.

No se trata de convencerlo de que el mundo no está en su contra, sino de tener en consideración este modo que tiene de vincularse y no quedar situados allí, buscando justificaciones de nuestros actos. No debemos responsabilizarnos por esta desconfianza, que no tiene que ver con nosotros la gran mayoría de las veces, sino con modos de interactuar y cuestiones psicológicas propias de la persona paranoica.