Impulsivo Significado, Consecuencias, Niños, Adolescentes y Autocontrol

¿Qué implica ser una persona impulsiva?

Los sujetos que, por su personalidad, tienden a tomar decisiones y comportarse de manera brusca y repentina están centrados principalmente en el momento presente. No tienen en consideración aspectos como la planificación, evaluación de riesgos y beneficios, efectos de sus actos sobre sí mismos o en cuanto a las demás personas involucradas, repercusión social, etcétera.

En el momento del impulso, son dominados por sus pasiones y no logran razonar con claridad y detenimiento, sino que tienen la necesidad psicológica de hacer algo de manera instantánea. Más tarde, puede sobrevenir el arrepentimiento o la culpa.

Golpear una pared, motivada/o por la ira del instante, es un claro ejemplo de conducta impulsiva. También puede serlo responder en malos términos, insultar, pelear en medio de un conflicto de tránsito, dar un portazo, irse en medio de una conversación, etcétera.

Si la acción que el sujeto se ven llevado a realizar “ya”, por sus rasgos de personalidad, conlleva un riesgo grave, cierto e inminente, para sí o para terceros (por ejemplo, intentar asfixiarse o dañar a alguien), debe considerarse la internación en salud mental (cuando no es viable el tratamiento ambulatorio), siempre de manera lo más breve posible y sujeta a revisión constante, por un equipo interdisciplinario.

Consecuencias de la impulsividad

En cierta medida y de manera ocasional, es beneficiosa una pequeña cuota de impulsividad, pues nos hace más espontáneos y facilita disfrutar el momento, por ejemplo, si tengo el impulso de abrazar a un amigo, emprender un viaje corto, hacer una salida recreativa.

No obstante, cuando la impulsividad es frecuente e intensa, suele ser discernida como un rasgo negativo, tanto por la propia persona, como por los otros del entorno social.

Particularmente, en el campo laboral, dejarse llevar por los impulsos suele traer aparejadas consecuencias muy perjudiciales, como llevarse mal con los compañeros o renunciar sin un análisis mental previo y en ausencia de otras alternativas mejores, para el sostén económico, etcétera. Por ejemplo: “Enfurecida con su jefe, Antonia le gritó de modo estruendoso, sin considerar qué sucedería luego”.

En las relaciones sociales de amor, amistad y familiares, esta característica propicia la aparición de disputas y, de haberla, complejiza la convivencia.

La interacción es más amena cuando se tiene la capacidad de pensar antes de actuar o de expresarse, para así “suavizar” las acciones o palabras, lo que forma parte del repertorio que puede contener un individuo dentro de sus habilidades blandas.

Niños y adolescentes impulsivos

Mientras más pequeño es un ser humano, más se guía por sus impulsos. Es por ello que los bebés al desear algo (algún juguete o comida, por ejemplo), simplemente lo toman, aunque se encuentre en manos de alguien más.

La mayoría de los niños, en especial hasta los cuatro o cinco años de edad, tienen bajísima tolerancia a la frustración, así como dificultades en la capacidad de espera. Esto es sano y esperable, constituyendo parte de su desarrollo psíquico. Exigen una gratificación inmediata y reaccionan acorde a sus impulsos.

A medida que van creciendo, con el adecuado acompañamiento adulto, el autocontrol se hace presente y se asumen los límites, propios y externos.

En la adolescencia, sin embargo, vuelven a manifestarse en todo su esplendor los impulsos, aunque responden a otro proceso psíquico. Es una etapa evolutiva cargada de cambios, físico y psíquicos, de conflicto y de rebeldía con respecto a las figuras parentales o de quien ocupase dicho rol. La finalidad es la búsqueda y exploración de la autonomía.

El otro extremo: exceso de control de los impulsos

Así como el deficiente manejo de los propios impulsos es un rasgo nocivo, el autocontrol exagerado y/o permanente es igualmente perjudicial.

La diferencia radica en que, en el primer caso, el daño recae sobre los otros y, a veces, en uno mismo; mientras que, en el segundo, es más probable que el perjuicio se avoque a la propia persona, permaneciendo en el ámbito psíquico.

La fuerza de los impulsos que son sofocados, de manera voluntaria o involuntaria, consciente o inconsciente, subsiste como energía psíquica, que de no ser liberada por medios sublimatorios (por ejemplo, el arte o los deportes), puede afectar a la salud mental (manifestándose en el pensamiento o en el cuerpo).