Definición de Mujer

1. Persona adulta de sexo femenino, categoría biológica determinada por la configuración cromosómica XX y el desarrollo de caracteres sexuales primarios y secundarios asociados.

2. Identidad de género femenina, independientemente del sexo biológico asignado al nacer, conforme al reconocimiento legal y social vigente en un número creciente de legislaciones. Ejemplo: 'Las leyes de identidad de género permiten que una persona se reconozca legalmente como mujer con base en su autopercepción'.

3. Sujeto político e histórico cuya condición ha sido objeto de relaciones de subordinación y de luchas emancipatorias que atraviesan la totalidad de las estructuras sociales. Ejemplos: A) 'El acceso de la mujer al sufragio como conquista del movimiento feminista'. B) 'La brecha salarial entre mujeres y hombres en el mercado laboral contemporáneo'.

Etimología: Por el latín mulĭer, mulĭeris, de origen incierto, posiblemente vinculado a mollis, en cuanto 'suave', 'delicado', aunque la conexión es debatida entre los filólogos; el término latino desplazó progresivamente a femĭna en el habla popular de las lenguas romances peninsulares.

Mujer

En las sociedades de la Antigüedad clásica, la mujer ocupaba una posición jurídicamente subordinada. En Atenas, carecía de ciudadanía, no participaba de la asamblea, no podía poseer bienes a título propio ni actuar en juicio sin la mediación de un tutor masculino —el kyrios—. Aristóteles, en la Política, justificó esta exclusión al sostener que la mujer posee la facultad deliberativa pero de un modo carente de autoridad, inscribiendo la jerarquía sexual en una presunta diferencia natural de capacidades. En Roma, la figura de la patria potestas sometía a la mujer a la autoridad del padre primero y del marido después, aunque la evolución del derecho romano fue atenuando progresivamente algunas de estas restricciones, particularmente en materia patrimonial.

El cristianismo medieval consolidó un modelo que combinaba la exaltación espiritual de la virginidad —encarnada en la figura de María— con la sospecha moral sobre la sexualidad femenina, heredera de la lectura agustiniana del relato del Génesis en la que Eva aparece como agente de la caída. Tomás de Aquino, en la Summa Theologiae, retomó la antropología aristotélica para afirmar que la mujer es un varón defectuoso en lo que respecta a la naturaleza particular, reforzando teológicamente la subordinación. Estas construcciones doctrinales no fueron meras abstracciones: operaron como fundamento de ordenamientos jurídicos, prácticas matrimoniales, regímenes de herencia y sistemas educativos que restringieron la autonomía femenina durante siglos.

Los orígenes del pensamiento feminista

Las primeras impugnaciones sistemáticas de la subordinación femenina pueden rastrearse hasta figuras como Christine de Pizan (1364-1430), cuya obra La Cité des Dames (1405) respondió a la tradición misógina medieval construyendo una genealogía de mujeres virtuosas, sabias y valientes que desmentía la presunta inferioridad del sexo femenino. Sin embargo, el feminismo como movimiento intelectual y político articulado emergió en el contexto de la Ilustración, cuando las promesas universalistas de libertad e igualdad entraron en contradicción con la exclusión efectiva de las mujeres de los derechos proclamados.

Mary Wollstonecraft, en A Vindication of the Rights of Woman (1792), elaboró el primer tratado filosófico que exigió de manera explícita la extensión de los principios ilustrados a las mujeres, argumentando que la aparente inferioridad intelectual femenina no era un dato de la naturaleza sino el producto de una educación deliberadamente deficiente. Olympe de Gouges, con su Déclaration des droits de la femme et de la citoyenne (1791), denunció que la Revolución Francesa había consagrado los derechos del hombre excluyendo a la mitad de la humanidad. Ambas autoras pagaron un precio elevado por sus posiciones —De Gouges fue guillotinada en 1793—, pero sentaron las bases de un cuestionamiento que no cesaría de profundizarse.

El siglo XIX vio la consolidación del movimiento sufragista, que concentró sus esfuerzos en la conquista del derecho al voto como condición necesaria para la participación política de las mujeres. John Stuart Mill, en The Subjection of Women (1869), proporcionó una fundamentación liberal del igualitarismo de género al sostener que la subordinación legal de un sexo al otro es un obstáculo para el progreso humano y que carece de toda justificación racional. Las luchas sufragistas se extendieron durante décadas y alcanzaron victorias graduales —Nueva Zelanda en 1893, Finlandia en 1906, el Reino Unido parcialmente en 1918 y plenamente en 1928— que transformaron el mapa jurídico-político del siglo XX.

Simone de Beauvoir y la desnaturalización de lo femenino

La publicación de Le Deuxième Sexe (1949) por Simone de Beauvoir (1908-1986) constituyó un punto de inflexión en la comprensión de la condición femenina. La tesis central de la obra —que la mujer no nace sino que se hace— desplazó el análisis desde la biología hacia la cultura, sosteniendo que la feminidad no es un destino inscripto en el cuerpo sino una construcción social que se impone a las mujeres a través de la educación, las instituciones y los discursos. Beauvoir recurrió al marco filosófico del existencialismo para argumentar que la mujer ha sido históricamente constituida como lo Otro del varón: mientras éste se define como sujeto, trascendencia y libertad, a la mujer se le asigna el lugar de la inmanencia, la pasividad y la repetición.

El impacto de esta obra excedió ampliamente el campo filosófico. Al demostrar que los atributos considerados naturalmente femeninos —la docilidad, la vocación maternal, la emocionalidad— son el resultado de procesos sociales y no de determinaciones biológicas, Beauvoir proporcionó el instrumento conceptual que permitió al feminismo de la segunda mitad del siglo XX cuestionar cada una de las instituciones que sostenían la desigualdad: la familia, la escuela, el mercado laboral, la sexualidad, la representación cultural. Betty Friedan, en The Feminine Mystique (1963), documentó cómo la ideología de la domesticidad generaba una insatisfacción profunda entre las mujeres estadounidenses de clase media que carecían de nombre, impulsando la formación del movimiento feminista de la segunda ola en Estados Unidos.

Género, interseccionalidad y debates contemporáneos

A partir de la década de 1970, la categoría de género se consolidó como herramienta analítica central para distinguir entre el sexo biológico y las construcciones socioculturales que se le asignan. Joan Scott, en su ensayo Gender: A Useful Category of Historical Analysis (1986), propuso entender el género como un elemento constitutivo de las relaciones sociales basado en las diferencias percibidas entre los sexos y, simultáneamente, como una forma primaria de significar relaciones de poder. Esta formulación permitió analizar la subordinación femenina no como un fenómeno aislado sino como un eje de estructuración social que se articula con la clase, la raza, la etnia y otras dimensiones de la desigualdad.

Precisamente en esa articulación se inscribe la noción de interseccionalidad, propuesta por la jurista Kimberlé Crenshaw en 1989. Crenshaw demostró que la experiencia de las mujeres negras en Estados Unidos no podía comprenderse sumando discriminación racial más discriminación de género, porque ambas operan de manera simultánea y producen formas específicas de opresión que ninguna de las dos categorías aisladas alcanza a captar. Esta perspectiva transformó los estudios feministas al evidenciar que no existe una experiencia universal de ser mujer: la clase social, el origen étnico, la orientación sexual, la condición migratoria y otras variables configuran situaciones radicalmente diversas dentro de la categoría.

Por otra parte, Judith Butler, en Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity (1990), radicalizó el cuestionamiento al proponer que no solamente el género sino también el sexo es una categoría construida discursivamente. Para Butler, la identidad de género no preexiste a los actos que la expresan sino que se constituye performativamente, es decir, a través de la repetición estilizada de gestos, conductas y modos de presentación que producen la ilusión de una identidad estable y natural. Esta tesis abrió un intenso debate que persiste hasta el presente: si la categoría mujer es ella misma una construcción inestable, ¿sobre qué base se articula la lucha política feminista? Las respuestas a esta pregunta dividen al feminismo contemporáneo entre quienes defienden la necesidad estratégica de mantener la categoría como sujeto político y quienes abogan por su deconstrucción como condición para una emancipación más radical.

Conquistas, y horizontes abiertos

Las transformaciones legales y sociales alcanzadas a lo largo del siglo XX y las primeras décadas del XXI son de una magnitud que hubiera resultado inimaginable para las generaciones precedentes. El acceso masivo de las mujeres a la educación superior, al mercado laboral remunerado, a cargos de representación política y a la autonomía sobre sus decisiones reproductivas reconfiguró las sociedades contemporáneas de manera irreversible. Organismos como ONU Mujeres y marcos normativos como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW, 1979) institucionalizaron la igualdad de género como principio del derecho internacional.

No obstante, las cifras globales revelan que las desigualdades estructurales persisten con tenacidad. Según datos del Banco Mundial, las mujeres siguen percibiendo ingresos significativamente inferiores a los de los hombres por trabajo equivalente en la mayoría de los países; la carga de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados recae desproporcionadamente sobre ellas; la violencia de género constituye una pandemia que afecta a todas las regiones del mundo; y la representación femenina en los espacios de decisión política y económica, aunque creciente, permanece lejos de la paridad. Estas persistencias indican que la igualdad formal consagrada en las leyes no se ha traducido plenamente en igualdad sustantiva, y que las estructuras patriarcales, lejos de haber sido abolidas, se han reconfigurado adoptando formas compatibles con los marcos jurídicos igualitarios. La distancia entre los derechos reconocidos y su ejercicio efectivo sigue siendo el terreno concreto en el que se dirimen las luchas feministas del presente.

 
 
 
Autor: Editorial.

Art. actualizado: Marzo 2026; sobre el original de octubre, 2008.
Datos para citar en modelo APA: Editorial (Marzo 2026). Definición de Mujer. Significado.com. Desde https://significado.com/mujer/
 

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