Significado de Pacto de Munich Definición, Sudetes, Intervención, y Consecuencias

Definición formal

El Pacto de Munich fue una decisión geopolítica firmada en septiembre de 1938 para presionar el orden en la frontera entre Checoslovaquia y Alemania, al respecto de los denominados Sudetes, no obstante, no se contó con la presencia checa, sobre la cual Hitler tomaría control militar seis-siete meses más tarde. El documento contó con el voto de Italia, Gran Bretaña y Francia, además de Alemania claro.

El fin de la Gran Guerra, como se llamaba entonces a la conflagración bélica de 1914 a 1918, dio como resultado no solamente una Alemania derrotada y humillada, sino también partida, con poblaciones étnicamente germanas viviendo en otros países, como Polonia o Francia. Una de dichas poblaciones se ubicaba en una franja fronteriza de un nuevo estado surgido, precisamente, de los acuerdos firmados para terminar con la guerra: Checoslovaquia. Eran los llamados ‘Sudetes’ (Sudetenland en alemán), con población ampliamente mayoritaria alemana, que pronto sufrió políticas restrictivas dirigidas a su desnaturalización por parte de las autoridades checoslovacas.

El nacionalismo alemán de entreguerras tenía entre sus principales reclamaciones, la unión de todos los territorios de habla germana, incluidos aquellos que ahora estaban dentro de las fronteras de otros países.

El nazismo, como nacionalismo pangermanista, recogió este ideal, y su llegada al poder no podía presagiar nada bueno para las relaciones de Alemania con sus países vecinos. La remilitarización de Renania en 1936 fue sólo un preludio de lo que estaba por venir.

En los distintos territorios de población germana se crearon divisiones del NSDAP o partidos muy relacionados con este como, por ejemplo, en Austria o Suiza. En los Sudetes checoslovacos también se fundó, en 1933, el Partido Alemán de los Sudetes (SdP), que gozó rápidamente del favor de una gran mayoría de la población étnica germana, deseosa de integrarse en Alemania y olvidar el trato discriminatorio sufrido a manos de los checos.

Winston Churchill, desde la oposición, sentenciaba en 1938 que se optó por la guerra para evitar la deshonra, a un parlamento británico que mayoritariamente, avalaba y aplaudía la gestión por parte del premier Neville Chamberlain de la reunión de Múnich, y del subsiguiente pacto. La postura de Churchill acabaría resonando menos de un año más tarde, cual profético oráculo, para constatar el fracaso de la llamada «política de apaciguamiento».

El Anschluss como camino a la absorción de los Sudetes

En marzo de 1938, Austria quedaba unida al Reich. Algunos en Europa pensaban que la absorción de la tierra natal de Hitler por parte de su nuevo imperio alemán, calmaría las ansias expansionistas del Führer, pero lejos de esto, el canciller se fijó un nuevo objetivo: los Sudetes.

Azuzado por los jerarcas nazis, el SdP exige, desde la posición de fuerza que le otorgan unos excelentes resultados electorales en la región de los Sudetes, la federalización de Checoslovaquia, con el objetivo explícito de abandonar la federación y unirse al Reich. El gobierno central Checo no acepta ninguna de las reivindicaciones del SdP, generando con ello una crisis de tal magnitud que forzará a la intervención diplomática de las grandes potencias europeas.

Hitler denuncia la ‘opresión’ a la que están sometidos los alemanes de los Sudetes y amenaza con una intervención militar. El ejército checoslovaco de la época tenía una potencia mayor de lo esperable para la dimensión geográfica del país y su población, disponiendo de tanques modernos para la época, y de industrias armamentísticas importantes, como Skoda.

Además, tenía pactos militares con Francia y la URSS que obligaban a ambos países a acudir en su ayuda en caso de sufrir una agresión militar, con lo que además de tener sus espaldas cubiertas, era un motivo de preocupación para media Europa, que no quería volver a repetir un escenario como el de la conflagración de 1914 a 1918.

De ahí, la política de apaciguamiento, con la cual la diplomacia británica dirigida por el premier Chamberlain esperaba que Hitler se calmara y dejara de exigir territorios, a cambio de realizarle algunas concesiones.

Intervención de Mussolini

Ante la amenaza de conflicto armado, un Benito Mussolini deseoso de figurar en la escena internacional, decide proponer una conferencia de mediación, propuesta que fue muy bien recibida por la comunidad internacional, así como por una Alemania cuyos dirigentes sabían que irían a manipular el desarrollo de dicha conferencia a su antojo.

La conferencia, en efecto, resultó ser una dramática trampa mortal para Checoslovaquia: Hitler presionó para que los Sudetes se incorporaran al Reich ante Chamberlain y Daladier (el presidente francés), mientras que a Edvard Beneš no se le permitía participar en las discusiones.

Es decir: la decisión final sobre la partición de Checoslovaquia y la cesión de territorios a Alemania, se tomó por parte de Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia… pero sin tener en cuenta para nada la opinión de los directos implicados, los Checoslovacos.

Consecuencias de la conferencia

Checoslovaquia no solamente perdió los Sudetes, que fueron ocupados por el Reich (que expulsó o despojó de derechos a la población checa, nacionalizando de forma automática a todos los alemanes étnicos), sino que Polonia y Hungría también aprovecharon la ocasión para hacerse con pequeñas regiones fronterizas del país que eran el hogar de minorías étnicas polacas y húngaras.

Pero el drama checo iba más allá: si militarmente, antes de octubre de 1938, Checoslovaquia podía hacer frente con ciertas garantías a Alemania, tras la materialización de los acuerdos de Múnich, el país había perdido posiciones defensivas, población, y recursos, haciendo materialmente imposible la defensa nacional ante una agresión externa.

De hecho, en marzo de 1939, Adolf Hitler convocaría al nuevo presidente checoslovaco, Emil Hácha (Edvard Beneš había dimitido y se había exiliado tras la conferencia de Múnich) a Salzburgo para forzarlo a aceptar la ocupación militar del país por parte del Reich, y la conversión de Checoslovaquia en un protectorado alemán.

Una vez ocupado el país, los nazis lo desgajaron, convirtiendo a Eslovaquia en un estado independiente satélite del Reich (con un gobierno encabezado por el cardenal católico Jozef Tiso), que colaboró tanto militarmente como en la persecución de los judíos, con las autoridades nazis.

Tras la guerra, los alemanes étnicos de los Sudetes fueron expulsados como extranjeros (recordemos que habían sido nacionalizados por el Reich tras la anexión), un tema que todavía a día de hoy genera cierta polémica, especialmente en Alemania, donde existen descendientes de quienes eran propietarios de tierras, casas y negocios, que todavía esperan percibir algún tipo de compensación de la República Checa.