Significado de Maltrato Animal Definición, Abuso, Negligencia, Protección y Condena Social

Definición formal

El maltrato animal es toda acción u omisión que se inflige directa o indirectamente sobre una especie produciéndole un daño, cuya gravedad puede ser menor o poner en riesgo su vida, eventual y episódico o sistemático y crónico.

Desde el comienzo de los tiempos animales y personas se han vinculado, la razón más primaria ha sido utilizar a los animales como fuente de alimento, vestimenta, transporte, medio de trabajo, etc. Con el correr de las décadas, la relación entre ambas ha ido mutando. Actualmente las especies animales domesticadas, como perros y gatos, forman parte de la vida familiar como «animales de compañía» y existen, incluso, actividades recreativas y terapias asistidas con perros para personas con discapacidad o en rehabilitación, por ejemplo.

Lo cierto, es que las interacciones que pueden darse entre personales y animales o, bien podríamos decir, entre animales humanos y no humanos (recordando que la especie humana también es un animal) pueden ser positivas -como el amor inter-especies, compañía, perros de asistencia terapéutica, intervenciones terapéuticas asistidas con animales, etc.- pero también negativas, y es en este polo de la relación en la que aparece el concepto de maltrato animal.

Matices delicados de debate: animales de producción, domésticos…

Si reflexionamos sobre la definición del maltrato animal, inevitablemente aparecen contradicciones. Ejemplo de esto es el caso de los animales llamados «animales de producción» como las vacas o las ovejas. Dentro de los sistemas de alimentación tradicionales (extraccionistas) la comercialización de productos derivados de la cría de estos animales -como su carne y lácteos, principalmente- se obtienen coartando la libertad de estos animales, su inseminación artificial, forzosa y masiva para el nacimiento de nuevos ejemplares, reducir sus condiciones de vida a espacios pequeños donde no pueden desplegar conductas de especie, hasta llegar a ser asesinados para vender su carne para consumo humano.

Por otro lado, en nuestra esfera de la vida humana, aparecen las especies llamadas «animales domésticos o de compañía» como perros y gatos que, históricamente y por diferentes motivos, han ganado el privilegio de convivir dentro de nuestros hogares, recibiendo cariño, atención veterinaria para su salud e incluso constituyéndose miembros legítimos dentro de las familias, pues hoy en día existe el concepto de familia multi-especie.

Pensando sobre lo anterior, se desprende que existen interacciones negativas entre animales y personas que están tan naturalizadas que no son consideradas como maltrato; o que más bien constituyen una práctica de maltrato legitimada y legalizada.

Lo que explica el porqué de estas diferencias es el contexto en el que aparecen y se despliegan, es decir, el entorno cultural y social que condiciona aprobando, legalizando y alentando o bien, castigando. En este sentido es que, en las últimas décadas, cada vez son más las personas que comienzan a cuestionar estas maneras de convivir y relacionarnos con los demás animales, y es así como han surgido movimientos políticos y sociales como el veganismo.

Diferencia entre abuso y negligencia animal

¿Siempre que se maltrata hay intención de dañar? Y la respuesta es sencilla y directa: No. Dentro del maltrato animal, podemos establecer diferencias muy marcadas: Por un lado, tenemos el llamado Abuso y, por el otro, la Negligencia.

En el abuso animal, hay una intención deliberada de dañar o de ejercer coerción -castigar con violencia una conducta, o limitar una conducta a través de la violencia- sobre ese animal. El abuso puede expresarse de múltiples formas, desde sutiles y progresivas, como dejar de alimentar al perro de la familia porque quizás no quiere tenerlo más en su casa; hasta muy graves y abruptas como golpearlo hasta provocarle la muerte. Además, el abuso puede ser de diferente naturaleza, física -como los golpes, manipulación violenta del cuerpo del animal, negar alimento o agua-, psicológica -gritos sistemáticos, ademanes de golpe-, sexual -la inclinación a someter sexualmente de animales es una perversión de la conducta humana denominada Zoofilia-, etc.

La negligencia, en cambio, es un tipo de maltrato que por lo general es producto de la ignorancia o el desconocimiento de quien lo ejerce. No todas las personas tienen el mismo acceso a la educación, salud, alimentación saludable o condiciones de vida dignas; de allí que cabe preguntarnos ¿Qué calidad de cuidado puede brindar a un animal una persona que vive, por ejemplo, en situación de pobreza? ¿Sabe una persona que ha sido violentada y maltratada en su infancia y/o adultez cómo debe cuidarse y tratarse adecuadamente a otro individuo? ¿Puede una persona que no ha accedido a educación básica o a un servicio veterinario cuáles son las necesidades de su perro o gato o de qué debe protegerlo? ¿Las personas que dependen en su actividad económica principal del campo y los animales de producción, que deben criarlos desde pequeños pero luego matarlos, qué clase de interacción generan? Preguntas profundas y difíciles de responder en un artículo, pero sobre todo complejas.

Lo cierto es que los daños que de todas estas situaciones se derivan, no se pueden juzgar moralmente con la misma vara.

Que no exista intención de dañar, no anula el daño

Si bien estas diferencias son innegables y que al momento de analizar una situación de maltrato no pueden ignorarse, es fundamental dejar en claro que el hecho de que no exista una intencionalidad de producir un daño en un animal no elimina la realidad de su efecto de maltrato: ese animal sufre y padece. Por lo tanto, toda situación de maltrato animal se enmarca dentro de las violencias, ya sea a causa de abuso o de negligencia, existe un victimario que inflige o provoca el daño y un animal que es la víctima de ese maltrato.

Las principales discusiones que pueden darse respecto de las diferencias entre las causas de maltrato por negligencia o por abuso tienen que ver con cómo serán abordados, sea para prevenirlos o bien, cuando ya están realizados, para tratarlos en sí mismos y subsanar las consecuencias. Es importante, en este sentido, comprender que cuando se maltrata a un animal que forma parte de una familia y que es amado, las consecuencias nefastas no afectan solo a ese animal si no a la familia que lo contiene.

En este sentido, es muy importante destacar que hay mucha evidencia científica que liga el maltrato animal con el maltrato humano, es decir, el circuito de la violencia es igual, solo que varía la especie. Quien abusa y violenta animales, también puede violentar a otros vulnerables con quienes se relaciona: parejas, adultos mayores o niños. También existen estadísticas que demuestran que en hogares donde existe violencia intrafamiliar, también existe maltrato hacia los animales que allí conviven, solo que esto siempre son considerados como menos relevantes y/o urgentes.

Leyes de protección animal y condena social

En los casos de maltrato animal en los que hay abuso y violencia, las consecuencias para los actores victimarios son legales y penales pero también sociales. Existen leyes que contemplan este tipo de delitos y que establecen sanciones para quienes las cometen, la severidad de esto puede ir desde penas privativas de libertad, hasta multas de dinero y trabajos comunitarios, y esto dependerá de las normativas de cada país.

En cuanto a la condena social, la consideración cultural y social que esa comunidad tenga sobre el trato que merecen los animales es la que servirá de guía y/o criterio para las reacciones frente a estos casos, algunas pueden ser mucho más permisivas que otras y lo cierto es que esto varía mucho respecto de diferentes países a lo amplio del globo terráqueo. Para graficar, podemos pensar en países como China, donde hasta hace no mucho tiempo la carne de perro para consumo humano era legal, y si bien algunas ciudades las han prohibido, en otras sigue siendo legal y comercializadas en el mercado negro, también.

En cuanto a la negligencia, el tratamiento prioriza mucho la perspectiva educativa y de políticas de salud pública. Es imperativo educar a las personas de todas las edades en salud animal y en la información de los cuidados y necesidades que los animales tienen (ya que como reza un cartelito en mi veterinaria de confianza: “Los perros no son humanos pequeños, ni los gatos son perros pequeños”) y, fundamental, en la empatía y el cuidado entre especies.

Por su parte, es interesante destacar que dentro de este espectro se contemplan las situaciones colectivas de abandono y sobrepoblación de animales de perros y gatos en las calles. Esto es clave para entender que la problemática del maltrato animal no debe ni puede depender exclusivamente desde las personas en su responsabilidad individual y privada y desde los casos en forma aislada, sino que es necesario el acompañamiento del Estado a través de las políticas públicas y de asignación de recursos económicos para, por ejemplo, programas de castración masivos de hembras y machos y hospitales veterinarios públicos. Todos los animales tienen derechos a ser cuidados y tratados con respeto.