Significado de Historia Universal Definición, Civilizaciones, y Características

Definición formal

La historia universal busca analizar el proceso histórico de la humanidad, desde la aparición de las primeras comunidades nómadas de cazadores y recolectores, hasta las complejas civilizaciones contemporáneas.

La historia aborda el proceso de transformación constante del ser humano y las sociedades en sus diferentes aspectos, así como de las constantes que vuelven y reflejan formas de nuestra naturaleza social. En la mayoría de los países, el estudio de la historia se empieza dividiendo entre una historia local o nacional, y una global o universal. Sin embargo, no se puede establecer una periodización fija o una consecución de etapas similares en todas las sociedades.

La historia universal se enfrenta a formas sociales que varían, se comunican entre sí y se desarrollan con distintas tendencias en función de las estructuras que las soportan, los conflictos que la mueven y el papel que juegan en la formación del sistema mundial de las sociedades humanas. A partir de estas premisas, podemos identificar y periodizar un conjunto de procesos que podrían formar parte de una deriva universal de la historia.

1. Primeros grupos nómadas

Las primeras comunidades de seres humanos que empezaron a poblar el planeta andarían en pequeños grupos nómadas de cazadores y recolectores, que lograrían satisfacer sus necesidades de sobrevivencia a través de herramientas rudimentarias en base a la utilización de piedra, huesos y madera. Estos grupos emergerían del continente africano alrededor de hace 300.000 años, mientras que hace unos 50.000 años empezarían a expandirse y poblar el resto del mundo durante decenas de miles de años. Este primer período de la historia de la humanidad se le identifica como paleolítico (edad de piedra).

Durante este período los grupos de cazadores y recolectores se movilizarían constantemente en busca de las especies animales y vegetales de las cuales se alimenta, se lograría el dominio del fuego, se desarrollaría las primeras formas del lenguaje y el arte, así como las primeras expresiones culturales relacionadas con los entierros, manifestaciones mágico-religiosas y formas incipientes de estratificación social.

2. La revolución neolítica

Entre los años 10.000 y 7.000 a.e.c. se abrió paso una transformación radical de la vida de los grupos humanos, la invención de la agricultura y la capacidad de producir alimentos, permitieron la construcción de asentamientos estables, generando una gran explosión demográfica de las comunidades humanas. El cultivo de cereales, raíces, frutas y hierbas, así como el pastoreo y la adopción de animales domésticos, permitieron el desarrollo de comunidades sedentarias con la capacidad de crecer en la medida en que se ampliaban las tierras cultivables, abriendo paso al desarrollo productivo y tecnológico de las sociedades.

Durante este período se empieza a desarrollar la alfarería, la construcción con piedra y adobe, el inicio de la confección de telas y prendas textiles, la generación de excedentes y de relaciones de intercambio, herramientas para el trabajo agrícola como el arado, posteriormente los primeros pasos en la metalurgia. La vida sedentaria también ofrecía mejores condiciones para la reproducción y la crianza, al mismo tiempo que permitía que jóvenes y niños puedan generar labores productivas. El desarrollo comunidades de mayor tamaño también daba paso a la formación de ciertas instituciones sociales, bajo una cultura generalmente de corte matriarcal en cuanto a la administración de la vida comunitaria.

3. Elementos clave para el desarrollo de las civilizaciones antiguas

A partir del año 4.000 a.e.c. en algunas regiones del mundo caracterizadas por grandes ríos y valles fértiles, se generó una mayor concentración social dando paso la construcción de obras de infraestructura dedicadas a incrementar la producción agrícola (diques, canales de irrigación, acueductos) constituyendo el paso a sociedades de producción de excedentes, con una estratificación social que ya no emanaba de manera natural de la comunidad agrícola sino sobre la base de la división del trabajo y la formación de una clase dirigente-militar-sacerdotal que sostenía su legitimidad de la productividad que generaban las obras de infraestructura. De este proceso de concentración de excedentes, surgirían civilizaciones como las del creciente fértil de Mesopotamia, alrededor de ríos como el Nilo, el Yangtsé o el Indo, en los valles andinos y de Mesoamérica, entre otros, formando centros urbanos con capacidad de expandir su ámbito de hegemonía sobre territorios circundantes, formando los primeros imperios antiguos.

Las civilizaciones antiguas se caracterizan por la construcción de los primeros Estados (como forma de monopolización del poder político a partir de una clase gobernante con el apoyo de estamentos burocráticos y profesionales, sobre una gran población de campesinos trabajadores y artesanos subordinados) la construcción de grandes templos (en su mayoría piramidales) reflejan el surgimiento del poder vertical y despótico en las formaciones sociales, relacionadas con el paso de las creencias mágico-religiosas como subjetivación de los procesos naturales, a religiones como ejes de trascendencia sobre el mundo social y con una relación de poder patriarcal sobre la sociedad. Surgen figuras divinas que reclamaban y acumulaban la producción de la sociedad, gobernantes que reclamaban la legitimidad de su autoridad al encarnar el poder divino de los templos en torno a los se constituyen las primeras ciudades-Estado-Imperios. Afuera circulan comunidades de cultura nómada o seminómada que disputarían su autonomía, al mismo tiempo que interactúan y se transforman como contraparte periférica de los centros de poder.

Las civilizaciones desarrollarían la escritura, las matemáticas y la contabilidad como parte de las funciones de control y registro de los centros de poder, al mismo tiempo que estamentos burocráticos de tipo militar, sacerdotal, comercial, como funcionariado de los primeros Estados antiguos. También se desarrollarían las primeras normativas sociales, precedentes de las legislaciones. Los calendarios y el conocimiento de los ciclos de siembra serían fundamentales para el desarrollo de las civilizaciones y la legitimación de sus respectivas clases gobernantes. Los centros civilizatorios se tienden a expandirse hacia poblaciones circundantes, involucrándolas en estructuras imperiales y fomentando la apertura de rutas comerciales de largo alcance que permitieran la importación y exportaciones de grandes cantidades de productos, para el sustento de la población, la construcción de infraestructura, herramientas, alfarería, entre otros.

4. Ciudades, mercados e imperios

Las culturales imperiales de la antigüedad se forman desde ciudades-Estado en expansión que subordinan a las poblaciones circundantes, logrando construir una fuerza que disputa la hegemonía o la dominación sobre amplios territorios, al mismo tiempo que ejercen un poder despótico sobre su población. Los pueblos en las periferias de los imperios, desarrollan relaciones de conflicto e intercambio con los imperios, incorporando tecnología e instituciones de los centros de poder y transformándose históricamente. De esta manera los centros hegemónicos del sistema de civilizaciones se van transformándose a medida que cambian las articulaciones sociales que los constituyen, fundamentalmente las que les permite una mayor acumulación de poder y centralización del mercado o de las relaciones de intercambio. Los centros de poder se forman sobre una forma de subordinación del resto de la población, ya sea como súbditos y bajo la exigencia de tributos, la dominación por medio de la esclavitud y la autoridad religiosa-sacerdotal.

Las rutas comerciales que se abrieron paso en el mundo con el apogeo de las civilizaciones antiguas, dieron paso a una expansión de centros urbanos y comerciales que permitieron la difusión de la cultura de las civilizaciones, sus conocimientos y avances tecnológicos. Desde Mesopotamia se establece una relación con el Mediterráneo -a través de la cultura fenicia- generando el desarrollo de la civilización cretense y de enclaves comerciales en las costas griegas alrededor del año 2.000 a.e.c. Del Mediterráneo surgiría posteriormente la cultura greco-romana, destacando su apogeo con el imperio helénico de Alejandro Magno que se extendió desde Macedonia y Alejandría, hasta la India a mediados del siglo IV a.e.c, y luego con el establecimiento del Imperio Romano que dominó Europa y el Mediterráneo hasta el siglo V.

La ruta de la seda promovida por la civilización china, lograría establecer una comunicación hasta Constantinopla como punto de encuentro de oriente y occidente. China e India establecieron dos culturas imperiales en amplios territorios de manera estable, mientras que en Asia central fueron sucediéndose primero los imperios babilonios, luego persas a partir del V a.e.c. y posteriormente árabes desde la expansión islámica en el siglo VII. Constantinopla sería unos de los ejes de articulación del mercado mundial -con la excepción de América. La cultura imperial se desarrolló en América a partir de las ciudades que centralizaron un poder militar en Mesoamérica, desde la cultura Olmeca hasta los Aztecas, y en el valle andino con las civilizaciones de Tiahuanaco y luego Cuzco.

5. Características de la cultura helénica

En la Grecia antigua los centros urbanos se forman a partir de la concentración de poder en torno a castas militares asociadas a determinados templos-ciudades, que lograban someter a pueblos y campesinos circundantes. En el último milenio a.e.c. surge una transformación de estos centros urbanos, el comercio con los fenicios fortalece las aristocracias militares-comerciantes y su capacidad de influencia sobre el comercio y la política mediterránea. La ampliación del comercio y la vinculación libre de pequeños y grandes propietarios constituyó relaciones mercantiles sin subordinación despótica, posibilitando la aparición de una subjetividad individual o autónoma, relacionada a la idea de ciudadanía, así como una transformación del templo como centro de la ciudad en el ágora (mercado y plaza pública para la asamblea de ciudadanos).

Al mismo tiempo la Grecia antigua obtiene el alfabeto fenicio de origen mesopotámico, no como una herramienta exclusiva de los funcionarios de Estado (como sucedía en Mesopotamia y Egipto) sino como una herramienta para el comercio y para su uso común. De la civilización griega surge tanto la democracia como la filosofía como pensamiento secular de sujetos autónomos, la organización política en torno a la idea igualitaria de ciudadana, y la producción de conocimiento racional. Sobre estas características se desarrolla la cultura Helénica la cual expande a través del imperio macedonio de Alejandro Magno, cuya herencia luego es recogida por el Imperio Romano y particularmente su idea de res-pública. Al mismo tiempo, la base social de la civilización greco-romana en la institución de la esclavitud y la dominación de la mujer, pues la ciudadanía se restringía al grupo dominante de pequeños propietarios, artesanos libres y militares.

6. Prácticas mercantiles, moral autónoma y monoteísmo

La aparición de la filosofía griega, así como el budismo y el judaísmo, suponen una transformación de la forma religiosa despótica en donde la figura divina ejerce un dominio sobre una ciudad, legitimando un poder sacerdotal-imperial como autoridad divina en la tierra. Ahora surge una premisa de universalidad del pensamiento y la fe religiosa, un proceso de des-territorialización de las divinidades de las ciudades-templo y luego una re-territorialización en quienes se adhieren como pueblo o persona a una determinada religión, surge una conciencia moral que se contrapone con la relación de poder de los despotismos imperiales antiguos.

Se trata de una deriva en los pueblos que se desarrollan en torno al mercado en las periferias de los imperios antiguos, en donde se constituye la posibilidad de una forma de sujeto soberano, al mismo tiempo que se establece una idea de universalidad y abstracción a través del uso del dinero como equivalente universal, se trata de un proceso que empieza a darse en el último milenio a.e.c. y que alcanza su apogeo con la influencia de la cultura helénica desde el Mediterráneo hasta la India. Esta transformación de la subjetividad es un precedente de las religiones monoteísta (cristianismo e islam) expresando un sujeto que asume éticamente su subordinación en función de una promesa de salvación. El pueblo cristiano o musulmán, por ejemplo, ya no se corresponden a una determinada etnia o cultura, sino que desarrollan la apuesta de construir una comunidad universal, como hijos de Dios.

Esta cultura civilizatoria culmina con la extensión del imperio romano y su posterior fragmentación entre oriente y occidente en el siglo V, fundando una teocracia cristiana en el primero que duraría un milenio, mientras que occidente se fragmenta en reinos feudales unidos bajo la influencia rectora de la Iglesia. Posteriormente la cultura islámica que emerge de las comunidades árabes de nómadas y comerciantes en el siglo VII, se expande y toma el poder de los centros imperiales del medio oriente, Mesopotamia, Persia y parte de la India, con la fuerza expansiva de una clase gobernante fundada por comerciantes-militares. La crisis de la cultura helénica también se relaciona con una caída de las prácticas mercantiles, que retraen la sociedad a la formación de nuevos despotismos, aunque nunca iguales a los anteriores en la medida en que la legitimidad de la autoridad ahora reposa bajo un código de ética en el que ya no supone un representante de la figura divina, sino representante de la comunidad de fieles que los guía hacia la salvación después de la vida terrenal.

7. Representación de la Edad media

La institución de la esclavitud de los imperios antiguos y de la cultura helénica entra en crisis, tanto por las invasiones de grupos periféricos como las rebeliones internar, por lo que durante la época feudal o medieval (entre el siglo V y XV) predominaría la relación de servidumbre, en donde la mediación entre la población y el Estado pasa por la tributación y el compromiso político, religioso y militar con la institución de poder. Las comunidades nómadas en las periferias de los imperios, primero son subordinadas y luego regresan toman los centros urbanos y reconfiguran la relación entre Estado y periferia, así como los bárbaros del centro y norte de Europa, los árabes nómadas del desierto, las hordas de turcos y mongoles que se expanden desde Asia Central, entre otras. De esta manera las prácticas mercantiles y las relaciones de poder y acumulación en torno a la formación de Estados se reformulan constantemente, ya sea bajo la cultura imperial en Asia o bajo la fragmentación en reinos feudales cristianos en Europa.

La recuperación del intercambio comercial en Europa después del primer milenio de nuestra época, permite un proceso de desarrollo y de intensificación de las prácticas comerciales, la producción de conocimientos seculares en las universidades, el desarrollo de tecnologías para la expansión hacia nuevas rutas comerciales y para la superioridad militar, la acumulación de riqueza a través de la disputa por la monopolización del comercio mundial, así como el desarrollo de mercados internos. De este proceso de expansión del intercambio global, y la concentración de poder en nuevos Estados mercantilizados, surgen los Estados modernos que empiezan su trayectoria histórica después del siglo XVI.

Bibliografía

– Childe, Gordon. El origen de las Civilizaciones. Fondo de Cultura Económica. 1996.

– Wallerstein, Immanuel. Impensar las Ciencias Sociales. Siglo veintiuno editores. 1998.

– Del Bufalo, Enzo. Notas de Babilonia. bid & co. editor. 2009.